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PESCA Y TUTE. Stroessner.PUERTO ROSARIO

PESCA Y TUTE. Stroessner.

Divertirse con Stroessner estaba reservado solamente a los amigos muy cercanos. Narciso Soler, un irascible personaje medio indígena, era su inseparable pescador guía. El otro inseparable era un siciliano vividor, Salvador Musmesi, alias Turi, de quien también se decía que era consejero oficioso del presidente por la cantidad de chismes que le hacía escuchar. Una de las diversiones favoritas de este trío era precisamente la pesca, por algún tiempo con liñada común y guantes gruesos. Solían ir agua arriba al río Pilcomayo, hacia fortín Tinfunke, con abundante provisión de whisky para el entrepecho y morenitas, pan o menudencias de res para la carnada. Luego encontraron en la isla Yacyretä, donde había un pequeño destacamento naval, el refugio predilecto. Allá Turi fijó domicilio y se hizo una especie de miniduque con su porción de poder que le permitió distribuir a buen precio unas placas de automóvil como si “su isla” tuviera categoría de municipio.
Se desplazaban en avión hasta Ayolas, de ahí por tierra hasta la costa y en lancha hasta la misma isla. Tan pronto la Entidad Binacional Yacyretä construyó y habilitó un aeropuerto en las cercanías de la obra principal el viaje se hizo más directo. Ñata Legal participaba de algunas jornadas en los años de estrecha relación con el presidente. En la isla él tenía su lancha con motor fuera de borda de 40 HP en la cual cabían cómodamente cinco personas, el resto de sus amigos lo seguía en otras lanchas. Ya utilizaba la caña y el reel.
Hasta que enfermó los viajes con amigos y muchachitas detrás eran comunes. Asado de dorado, pacú o corvina regados con todo tipo de bebidas era el plato fuerte. Después de Yacyretä le llegó el turno a Puerto Rosario, sobre el río Paraguay. Para entonces dos otros médicos acompañaban al presidente, un poco por su calidad de amigos, otro poco por ser quien trataba sus dolencias. Entre los de más prolongada amistad se recuerda por otro lado a Humberto Barchini, empresario hotelero que compartía negocios con Stroessner, el doctor César Nazer y el coronel Julián Miers. A este último lo precedió en la función de jefe de seguridad presidencial el coronel Ramón V. Brozzón, guerrero de poco hablar. Una anécdota memorable convertida en secreto de estado lo tuvo a Brozzón de involuntario testigo.
Felipe Nery Alcaraz era suboficial de Marina asignado a la pequeña nave escolta de Stroessner en los paseos por Yacyretä. Allá iba éste con su calificado séquito a relajarse casi cada fin de semana, situándose el evento a principios de la década del ’60. Entre los acompañantes de entretenimiento, muy activo por cierto, se contaban el coronel Brozzón, uno de los secretarios palaciegos, Raúl Nogués y el coronel Leopoldo Perrier. Ellos ya nada pueden contar pues pasaron hace tiempo a mejor destino. También participaban algunos marinos entre los que se menciona al teniente Flavio Abadie, más adelante alto cargo de la Armada. Las jovencitas que Perrier agenciaba, generalmente en número de cuatro o cinco por vez, tenían otro tipo más carnal de participación.
Alcaraz recuerda, según la entrevista que apareció en ABC, Revista del 11 de junio de 1989, pp. 8-9, lo ocurrido un aciago día de verano. Era el 3 o 4 de enero (del año 1962), cuando la temperatura del día suele trepar a los 40 grados a la sombra y con la humedad se hace casi insoportable. Por algo será que en Paraguay se toma tanto tereré.
Stroessner y comitiva remontaban lentamente el río en una deslizadora seguido del pequeño barco escolta, en busca de un lugar apropiado donde tentar el pique. Se sucedían los tragos de whisky con hielo para mitigar el calor y en una de esas sacudidas de la embarcación, cuando Stroessner se hallaba de pie en cubierta, perdió el equilibrio. Estaba borracho.
“Se pasaba el tiempo tomando…si yo hubiera sabido lo que me iba a pasar le dejaba nomás en el agua para que se muera. El, normalmente cuando salía a pescar lo hacía en una deslizadora y ya, por supuesto, con el calor del sol, las libaciones surten su efecto. En una de esas lo vimos trastrabillar y caer al agua. (Yo) estaba en una lancha patrullera…siempre estábamos detrás. Cuando vimos que Stroessner se caía al agua vinimos junto a él…era de día, lo saqué del agua…con dos marineros”.
Unos días después el suboficial fue convocado por la superioridad. No bien ingresó a la oficina de la inteligencia en el Comando de Defensa Naval comenzó el calvario. Ahí mismo lo interrogó bajo golpes el equipo duro de la Policía – el suboficial Víctor Martínez, los oficiales de Investigaciones Lucilo Benítez, Domingo Laspina y Raúl Riveros Taponier – en presencia de oficiales de la unidad. Acto seguido lo tiraron a un calabozo. Lo peor estaba por venir. Aquella misma noche lo llevaron a Investigaciones, lo ataron de pies y manos y lo sometieron al famoso ‘tratamiento’ en la pileta. Pastor Coronel aún no estaba a cargo sino otro de los fundadamente temibles, Erasmo Candia, quien dirigió en persona varios interrogatorios. También estuvieron presentes más adelante el Jefe de Policía Ramón Duarte Vera, el general Patricio Colmán y en una oportunidad el ministro del Interior Edgar L. Insfrán.
La mayor (tortura) que me aplicaron fue la garroteada y la picana eléctrica en los testículos, en la punta de los pies. El golpe fatal que recibí fue de Duarte Vera, en una de esas sesiones semanales. Me agarró con el tejutuguái en el ojo izquierdo y perdí para siempre la vista”.
Tejuruguái (cola de lagarto) era el látigo corto de cuero trenzado con bolitas de plomo en su extremo que Duarte Vera utilizaba para ablandar prisioneros. Luego de aquellas sesiones los torturadores tiraban sobre las heridas de Alcaraz agua con salmuera para que no se infectaran. Tan brutales eral las golpizas y choques eléctricos con un magneto de 12 voltios que perdía el conocimiento. Las veces que se le ocurría, Candia ponía frente a él unas hojas de papel con su “declaración” y le hacía firmar. En más de una ocasión, alcanzado el límite de la resistencia física y más muerto que vivo, lo condujeron al Policlínico Policial. Ya reanimado vuelta a Investigaciones para más tortura.
Pagó muy cara “la osadía de salvar a Stroessner en pedo y sin permiso”, como dirían quienes conocieron de cerca el caso. Ligó siete años y cinco meses de cárcel. Fue acusado de ser contacto del Frente Unido de Liberación (FULNA), organización insurgente que todavía andaba distribuyendo panfletos por la frontera tras haber terminado en desastre sus incursiones de los años 1960-1961. El error de Alcaraz consistió en haber sacado del agua al dictador borracho, quien una vez rescatado habría imaginado que alguien lo empujó. O quizás lo hizo como manera de silenciar el bochornoso espectáculo presenciado por amigos y subalternos a sabiendas de que no hubo atentado contra su vida. Aquello fue un montaje.
En el extenso compendio sobre presos políticos del Comité de Iglesias, “Testimonio contra el olvido. Reseña de la infamia y el terror” (1999), bajo el nombre Alcaraz Ríos, Felipe Nery, figura el resumen en recuadro.
¿Qué importaba un suboficial frente al Señor Presidente? ¿Qué gran cosa significaba el castigo para una ofensa grave a la investidura del jefe de Estado? Así se planteaba la cuestión, y la respuesta era nada. En el Paraguay sometido no tenía importancia la vida ni la libertad de las personas, y a decir verdad, nadie hubiera abogado por un subordinado desconocido. Alcaraz fue uno más de los condenados pero con la desventaja de no contar con conexiones ni tener militancia política. 
De modo que las diversiones continuaron como si nada hubiera ocurrido. Al presidente no le afectaban las “pequeñeces”. También se daba tiempo para otro entretenimiento, el tute. Había un rito: el mismo grupo de amigos (sus subalternos de mayor confianza), los días de encuentro (martes y jueves por la tarde usualmente), las apuestas (livianas que se jugaba por pasar el tiempo nada más). Stroessner congregaba para jugar a los generales Germán Martínez, Gerardo Johannsen, Francisco Ruiz Díaz, Alejandro fretes Dávalos, Benito Guanes Serrano, César Machuca Vargas, los coroneles Julián Miers y Feliciano Duarte durante el tramo final de su mando. Los encuentros se hacían en la lujosa residencia de Duarte. Había camaradería entre ellos pero nunca se perdía la distancia prudente ni el respeto hacia el jefe, quien oficiaba hasta en aquellas sesiones de amistosas competencias. La supremacía y control eran elementos inherentes a su persona, ya identificados plenamente autoridad e individuo por la práctica continuada del poder. En la mesa de juego no podía ser diferente.
Para el dictador las partidas de tute eran importantes dentro del ritual que él manejaba. Debía gobernar desde el Palacio, conducir a sus generales y a las Fuerzas Armadas desde el Comando en Jefe, administrar el Partido por interpósita persona desde la Casa de los Colorados donde comenzaba o terminaba su postulación a las reelecciones, mostrar su faceta de hombre de familia abriendo Mburuvicha Róga a los fotógrafos en Navidad y apareciendo cada tanto por la Catedral Metropolitana con su esposa; asumir el papel de primer magistrado cada 1° de abril con el mensaje ante el pleno del Congreso. Dentro de la misma concepción de orden rígido hacía invitar a sus más cercanos amigos de milicia, varios de ellos a la vez compinches de pasadas violaciones de muchachitas para reforzar influencia y recibir de ellos muestra de sumisa lealtad…
PD. Ayer tuve en mis manos una copia digitalizada de la “Lista de los detenidos políticos quienes se encuentran recluidos en la Comisaría Seccional Primera. Aparece Felipe Nery Alcaraz, de afiliación política Colorado. Motivo de detención: Intento asesinato altas autoridades. Lugar de captura: Yacyretä. Fecha de entrada: 11 de enero de 1962. (Archivo del Terror). UH

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