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Ñane pohãnepa?

En la década de 1990, la descentralización administrativa, el fortalecimiento de los gobiernos departamentales —los gobernadores— y los distritales —los intendentes—, fue la gran fiebre de políticos y no políticos que imaginaron un nuevo diseño para el Paraguay democrático.

Después de una dictadura que centralizó hasta la orden de bostezo para el sereno de una institución pública en Loma Apere’a, y ni qué decir el manejo de los recursos económicos, se pensó que dar vuelta la tortilla iba a ser buen negocio —en su acepción de acciones que llevan a obtener beneficios, no las que rápidamente derivan en negociados, algo ruin para que unos cuantos saquen su tajada— para el progreso del país.

La piedra angular del nuevo esquema administrativo del dinero público —es decir, del de la gente que paga sus impuestos y de los fondos obtenidos a través de Itaipú— era la misma Constitución. Su artículo 1 dice: el Paraguay es un “Estado Social de Derecho, unitario, indivisible y descentralizado”.

El traslado de los recursos iba a implicar en la práctica que cada tetã’i (gobernación) y cada tetã’ive (municipalidad) contara con fondos para mejorar la vida de sus habitantes. Era cuestión de dinero, pero también de capital humano, infraestructura, bienestar para todos, en suma.

Como idea, impecable. Las comunidades locales eligen sus autoridades para que estas gestionen con honestidad y eficiencia su desarrollo.

Sin embargo, como en la cultura paraguaya persisten los fiesta mbyaiha, los que arruinan aun lo mejor, los “muchachos” que recibían los royalties de Itaipú para sus calles empedradas y asfaltadas, sus puentes, comenzaron a “picotear” la plata.

Iñepyrurã, oñakã’ónte lo que Hacienda les transfería. Ahora que cuentan con plata del Fondo Nacional de Inversión Pública y Desarrollo (Fonacide), oiku’a trosaitéma voi.

Todavía no llegaron al ho’upaite vera voi, pero con intendentes como Cárdenas y otros “héroes” no tardarán en alcanzar esa meta. El entusiasmo con el que corren para agrandar sus mansiones, incrementar sus cuentas bancarias, aumentar el número de pisos de sus edificios y multiplicar la cantidad de agujeros de sus cintos para contener sus tye ñehê hace de la conjetura una certeza en camino.

Conclusión: el ensayo de descentralización fue truncado por los sinvergüenzas. ¿Se les van a cortar las manos, las orejas? De nada valdrá, porque la hidra de la corrupción tiene infinitas manos y orejas.

¿Es hora de volver, entonces, a la centralización que puede engendrar un nuevo Stroessner?

Aquí no es cuestión de descentralizar o centralizar. Es de cultura. Ha péva hypy’û. UH
Por Mario Rubén Álvarez – [email protected]
FOTO:Mario Rubén Álvarez
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